Joan García dirige XCELIA, la división de terapias avanzadas del Banco de Sangre y Tejidos (BST) de Barcelona, donde se investiga en hematología, inmunología y traumatología. Este científico consiguió el año pasado crear sangre artificial en el laboratorio. El grupo que dirige publicó en la revista BMC Proceedings cómo habían cultivado glóbulos rojos a partir de células madre. Este proyecto pionero, financiado por la Unión Europea, contó con la colaboración de la Universidad de Liverpool (Reino Unido), la Universidad de Leipzig (Alemania) y la empresa holandesa Applicon.
Su aportación y los trabajos en esta línea de otros científicos cobran ahora especial importancia, pues se estima que en 2050 no habrá suficientes suministros de sangre para la población mundial. La opción de elaborarla desde cero podría convertirse en una alternativa para algunos pacientes, además de eliminar por completo el riesgo de infecciones, que, aunque son muy remotas por los controles que existen, pueden contraerse a través de una transfusión.
¿Cómo se aventuraron a fabricarla?

En el BST tenemos un banco de sangre de cordón umbilical, una de las fuentes de células madre más inmaduras, que no son ni fetales ni embrionarias. Reúnen una característica singular: albergan más capacidades potenciales que las adultas. Pueden transformarse en cualquier otra célula del cuerpo. A partir de ellas iniciamos una investigación europea para ver si éramos capaces de generar glóbulos blancos y rojos. Nos llevó cuatro años.
¿Qué pasó en todo ese tiempo?
Cada uno de los integrantes de la iniciativa nos dedicamos a lo que sabíamos hacer. Por ejemplo, la empresa biotecnológica holandesa Applicon se encargó de diseñar un biorreactor -un espacio que simula el ambiente en el que se producen de forma natural las células donde crear los glóbulos rojos. Empezamos desde cero y lo conseguimos. Fabricamos y diseñamos todo el sistema de producción para que una célula madre se convirtiera en un glóbulo rojo. Le dijimos: ahora no tienes color; ahora conviértete en una célula intermedia progenitora y productora de hemoglobina, que es la que da lugar a las hematíes, y ve avanzando. diferenciándote y multiplicándote. Así hasta conquistar el objetivo.
¿A qué escala lo consiguieron?
Hemos logrado completar este proceso en pequeñas muestras, en tubitos. Aunque el método que desarrollamos es semi industrial, el biorreactor para obtener la sangre resulta pequeño. De momento, estamos en punto muerto, porque se ha acabado la financiación y este proyecto es muy caro: entre medio millón y un millón de euros cada año, que en un entorno académico es muchísimo. Cuando volvamos a tener fondos continuaremos con la investigación.
Ahora que han logrado sintetizar  sangre artificial, ¿cuál será el siguiente paso?

El objetivo se resume en una idea: ejecutar este proceso de manera industrial y obtener lo mismo que hemos alcanzado a una escala un millón de veces superior. Necesitamos mimetizar lo que hace el cuerpo humano en un volumen de espacio muy pequeño. Creo que este reto será tecnológicamente insalvable en la próxima década.
¿Cuánto ocupa la sangre?
Para conseguir solo una bolsa necesitaríamos grandes superficies de cultivo de células, prácticamente como un campo de golf. En la investigación que desarrollamos utilizamos una menor, la equivalente a una cancha de baloncesto. Por eso es importante disponer de medios que sean capaces de ofrecer en muy poco volumen mucha extensión de cultivo para que las células crezcan. El reto al que nos enfrentamos es tecnológico y económico, no científico.

¿Tantas células hay en la sangre?
Cada unidad tiene más de un billón de glóbulos rojos, una cantidad desmesurada. Cuando colocas todas las que hay en una bolsa, una al lado de la otra, el área que se requiere para verlas estiradas y así trabajar con ellas es inmensa. En la sangre están compactadas y no lo parece. Nosotros necesitamos casi dos metros cuadrados de superficie para producir cuarenta millones de células, 30.000 veces menos de lo que contiene una bolsa de donación normal. Para fabricar este número de hematíes con los medios actuales se necesitaría un espacio de centenares de metros cuadrados.
¿Se imagina un futuro sin donaciones?
No creo que lleguemos a sustituir las que se realizan ahora por otras con sangre artificial. Elevarlo a cabo sería muy difícil por la complejidad del proceso. Aunque se generara de manera industrial, el tipo de tecnología que se precisa y la fabricación son de una complejidad tan grande que en el día a día seguirá siendo más práctico recurrir a donantes.
Sí es cierto que hay una horquilla de indicaciones donde puede ser útil esta nueva opción. Por ejemplo, se podría usar en pacientes con grupos sanguíneos poco comunes, en catástrofes o incluso en algunas intervenciones quirúrgicas en las que se necesita que sea absolutamente fresca y esté recién fabricada. Lo importante es que tengamos la capacidad de producirla y disponer de ella, pero no creo que veamos una aplicación masiva.
En cambio, ¿por qué sí que se confía tanto en la llegada de órganos artificiales?

Porque su producción es más factible. Ya hay aproximaciones muy interesantes para generar vejigas, uréteres o tráqueas, y se están creando minirriñones y minihígados artificiales. Su uso masivo entra dentro de lo esperable para la ciencia, porque se pueden prever centenares, como máximo miles de aplicaciones. En cambio, se necesitarían millones de unidades de sangre. Solo en España hay más de un millón de transfusiones cada año.
¿Cuándo se dará el salto del laboratorio a una aplicación en humanos?
Deberían hacerse ensayos clínicos. Hay alguno europeo que ya lo ha probado en pequeñas cantidades inoculando glóbulos rojos a un ser humano para comprobar si vivían. Pero hasta la fecha no se ha pasado de ahí. Poner en marcha pruebas clínicas precisa de la fabricación de mucha cantidad de sangre, y para conseguirla se requiere una tecnología que aún no existe.
¿La legislación facilita este tipo de investigaciones punteras?
En España contamos con una de las más actualizadas en el entorno de la medicina regenerativa. La Unión Europea tiene una serie de normativas y reglamentos que luego los Estados miembros transponen para aplicarlos dentro de sus fronteras. En 2014 se aprobó el Real Decreto 477, siete años después de que apareciera la norma comunitaria. Pero entonces solo la habían adoptado seis o siete países, o sea que fuimos de los primeros que nos atrevimos a adaptar la legislación. Además, lo hicimos de una manera que beneficia el sector público; está orientada a la investigación y al acceso de los productos para los pacientes.

Fuente: Biocat, Mayo 2016